Cuando icé cada una de mis velas, me emborraché de toda fuente, marea y viento que me perdiera y empujara, pues el destino no importaba, y el horizonte era entonces invisible. Mi vida estaba colmada de infinita energía embotellada, siempre mi copa medio llena. Parecía imposible que el miedo me cercara, todo estaba al alcance de mi mano, mis oidos cerrados al silencio, yo era el mar más allá de mis deseos, mi lengua era cuchilla y lanzadera, mis ojos eran dardo y tal vez piedra, convencido de que mi cuerpo era un inexpugnable castillo. Así fueron muriendo mis noches y mis días, malgastando mi fortuna sin miramientos. Sin darme cuenta me fue cercando el tiempo, y con él llegó una fecha señalada, y con ella, disfrazada, la muerte. No, no fue una muerte anunciada, sino traicionera. Cuando se retiró la careta, todo fue impotencia y rabia, silencio y desesperanza. Cuando su voz me nombró, un grave y seco quejido dobló el aire, desarmó mi cuerpo, y la tierra se confundió con el cielo. Desperté pasado el tiempo, y mis ojos recordaron los colores, mi corazón latía firme y despacio, mi lengua había perdido la memoria, mientras mis oidos se abrían a nuevos sonidos, indescriptibles susurros y timbres, al todo y la nada. Vivía entre sueños, mientras soñaba que moría para vivir después un nuevo día. Una mañana cualquiera descubrí que la vida importaba, que era breve e infinitamente bella, cuando el reflejo del cristal de la ventana, me mostró por fin el horizonte. ¿Merece la pena vivir? No se por qué, pero siempre respondo que sí.
No soporta que vuelen por su cielo tantos versos de rima discordante. No soporta que pasen por detrás sin antes adularle por delante. No soporta consejos ni reformas de poetas noveles y asonantes. No soporta que engorde más la ausencia que sus ilustres libros fantasmales. No soporta sentir cómo bostezan mientras pasan sus hojas al instante. No soporta que asombren sus pinturas con verdes esperanzas los infantes. No soporta que tengan tal belleza las caricias de amores tan distantes. No soporta que lleguen a la meta aquellos que imitaron sus andares. No soporta que pisen su moqueta tantas huellas ajenas e inflamables. No soporta que admiren un desnudo y desprecien sus mantos y telares. No soporta que crezcan otras hierbas mientras él es sequía interminable. No soporta no ser en el parnaso aldaba, cerradura y maestra llave. Encendida su vida por la envidia, condenados sus ojos a ceguera, ahuyentó a la musa con sonante, cubrió su pedestal cual hormiguera, y murió de rencor y mal talante.
Como el viento, tu recuerdo me despeina, regresando por mis sueños del olvido, y me encuentro como siempre, tan perdido, empujado por el tiempo, mi enemigo: alejándote, alejándome...
¡Cómo duelen los minutos, esas noches que se clavan cual agujas en mi piel! Cicatrices que adormecen mi existencia, soledades que alimentan más tu ausencia.
Mientras tanto me resguardo en una nube, que contiene, aterida, el sentimiento, y aun espero que me sueñes con tus manos, que me lleves con tu aliento, como antaño, cuando entonces me decías en voz queda: "No te olvido, no me olvides, soy tu amigo..."
Qué dificil calmar el sentimiento mientras sangran las llagas de mis manos, las palabras se deshacen en los labios, y el beso que no vuela sabe a hielo.
Cómo contarte que vivo en silencio pues no pude cerrar aquella herida, perdida la esperanza pretendida por la daga, la ausencia de tu aliento.
Aun así te diré que no lamento haber sido la gota de tu aprecio que muere en el arroyo del desprecio, porque fuiste mi cauce mucho tiempo.
Me iré con mis poemas de mendigo, dormido en mi chabola de recuerdos, soñando con un verso, aun te espero; te espero y no te olvido.
Narran los lugareños que una xana vive escondida en estos valles, refugiada entre espinas y rosales, y aunque al alba amanece gitana -es niebla peregrina de los mares, y viste de rocío las mañanas-, su alegría salada sabe a Norte ensalzando a las olas con su danza. -Hechicera que arrulla a las montañas, sembrando con el vuelo de su falda de nubes a sus montes-. ¿De dónde vienes niña, con los rizos de escarcha, los brazos como el agua, los pies sobre la nieve, la mirada perdida y el corazón valiente?. Mas ella no responde: sólo entiende de besos de ternura, su carita en la palma de mi mano, mi mano compañera en su aventura, amor en el ocaso de un milagro. Yo sé donde se esconde: En mi regazo guardo todavía el tacto de sus alas diminutas, su mirada, dos gotas aperladas, y mis lágrimas. Y aunque tiene una sombra en el alma, cruza el puente de vida hacia la aurora mientras baila su luz en mi ventana.
Mil veces renegué de su certeza. La desprecié, faltándola al respeto. De mortal e infantil inocencia se acercó, disfrazada, observando en secreto como en mí iba creciendo el sufrimiento. Quizás ella prefiera verme toda la vida sintiendo su punzada eterna de un amargo sabor a tierra, esa profunda ausencia tan vil, esa que tantas veces mi lengua despreció. Quizás ella prefiera acompañarme a dejarme postrado sobre la rama muerta. También me negará cualquier recuerdo, borrará de sus labios la última palabra, el último color de sus ojos, o el tacto de un adiós entre las manos, pues en aquel momento no supe ser ni puerto ni amarra. Son esos los barrotes que me encierran, condenado a una vida vacía más un día, mientras mueren en mí todas las primaveras; todas, en mi vacío jardín, incluso aquella rosa que planté. Dime, ¿sabes tú dónde se entierra una flor muerta?
Quizás fuera inocente aquella que apagó la luz de mi semilla. Mas ahora se sienta mientras ríe a mi puerta, pues sabe que jamás tendré ni descanso, ni olvido, ni cosecha.
Escribe la mar sin cesar tus poemas en la arena rompiendo a llorar en ella, porque no quiere morir sin sentir de nuevo tus huellas. Sólo ella ha medido la fuerza de tus poderosas palabras, tendida inocencia en la orilla, teñida de cal y de sal.
Los versos emigran por Huelva -pájaros de agua, pájaros de fuego-, posando su vuelo en tus manos. Tienen las plumas cansadas de tantas sonrisas sin labios, más ellos siguen la senda que un alma callada y sincera ha trazado en la tierra.
Volverán a surcar los cielos los azules, verdes y pardos, los colores de tus versos, volverán a su altar, tu tierra, Porque Huelva conoce el secreto de cómo en silencio el poeta le peina a la mar sus reflejos.
Lo reconozco, tuve miedo, al escapar la vida de su cuerpo. La mar se retiraba de su orilla -Instantes antes, olas de alegría-. Las dos alas caídas, el corazón temblando, dos perlas fugitivas y calladas. La busqué, la busqué con locura, llevado por mis manos y mi miedo, la busqué sin cesar en su silencio. Sin pronunciar palabra pude sentir su voz en la mirada: -no dejes que me vaya, no permitas que el sueño me lleve-. La nieve en mi regazo se escondía aterrada. Lo reconozco, tuve miedo, al no sentir su aliento en mi cara. Y entonces me hice viento, rayo y trueno -tan grande era mi miedo-, transformado en escudo y espada luchando contra el tiempo. Envuelta entre susurros la mecía, nublando el corazón dejé mis lágrimas. En ese instante nadie era nada, la ausencia era implacable, la tierra proseguía su camino, y aunque temblé de miedo no cejé en el empeño de ser por ella puerta en la muralla. Cuatro veces quisieron embestirla, cuatro les hizo frente, al quite yo esperaba, con el alma por capote. Al fin pude sentir sus manos apretadas en las mías. Aquella noche en vela, rezando, ¿Por quien, sino por ella?. -Nunca te soltaré, no te marches-. Aquella noche negra, pues siempre fueron negras las horas posteriores a una lágrima, el dolor era blanco en la inocencia. Incluso en la victoria te duele todo el alma. Lloré, amargamente, con el miedo aliado en el frente, el corazón alerta y despierto, convertido a la fuerza en escudo y espada.
Pasteles, tartaletas y bombones, un violin, los recuerdos, las canciones, un café, dos licores, cuatro labios, el vaivén del deseo hacia los párpados, dos ojos prisioneros de emociones, cuatro pasos, un beso, dos temblores, un silencio perdido entre las manos, un sólo amor, dos cuerpos amarrados, un sueño de dos mismos corazones, dos locos, cualquier día enamorados.
¿cómo alcanzar el parnaso sin parecer un payaso? ¿Imitando a los grandes poetas acaso? ¿Todo rimado, planchado y terso para evitar el fracaso cada vez que escribo un verso? ¿Estrofas perfectas, al paso, con consonantes al trote, o asonantes al galope? ¿Debería cortar por lo sano, usar palabras malsonantes, con la sintaxis cual barco sin timón ni comandante? Y si vende más el sexo, cuatro zafios o un bastardo, ¿Debería navegarme por mis curvilíneos mares provocando verticales, sudores y malestares? El caso es que con las prisas he manchado mil papeles con mis frases favoritas, mis amores y oropeles, y al tuntún las he mezclado, todo bien encarpetado, bien cosido y remendado de participios hilado, más eso no ha bastado: sigo sentado, ... ¡Apretando!.
En el vuelo callado de un minuto, -esa ventaja tuve de la muerte-, las alas extendidas de la suerte me mostraron los pardos y los verdes, mezclados en mi lienzo, en una rosa. Un minuto, tan sólo un minuto, Y fueron cuatro pétalos, jardín, el único destino para mí. El aire que buscaba, el sueño que escapaba, la dicha tan lejana, todo estuvo a mi lado. Tan sólo fue un minuto, y comprendí que tu eras tren y yo tu pasajero. Dos veces me olvidó la muerte. Y no por mí, sino por ti. Porque tú me salvabas cada día de mi contínua e ignorante agonía, alejándome de la monotonía, disfrazada de frutas y de espejos, de sonrisas, sudores y silencios. Tus caricias calladas remaron de la ausencia a la esperanza, y empujando la vela de mis vientos, navegaste a mi lado por los sueños llevándome a la orilla de la vida, dejando nuestro amor siempre a salvo.
Cedazo de mentiras de un galfarro, de lengua atizador de sus desbarros, tornando a deshonestos, ojos garzos que mueren como pozos escarlata, de cárdena verdad muerta, callada. No siembro de gallofas mi refugio, deslindo el corazón, reloj del alma, repudio a todo egregio y sus efugios, y alabeo mi vida a la bonanza.
DEL JERTE (Dedicado a L.Javier, poeta y amigo de Cáceres)
Asomado al abismo, anclado de ilusiones a la tierra, aguanta la firmeza de sus manos el peso del dolor de tanta ausencia. Huérfano por destino de un Sol que nunca cede y siempre niega, se rebela crecido a cordillera, roba el aire, respira, y vuelve... garganta convertida en una grieta, porque la sangre propia siempre duele y crece estalagmita su existencia, zurce las cicatrices y las penas con estambres de amor y de esperanza. Lucha contra el vacío de un poema acogiendo en sus palmas esas lágrimas de sueños oxidados por miserias, mientras carga el futuro a las espaldas, con el alma dolida y prisionera, florece por encima de la escarcha su corazón de almendro en primavera.
Sé que piensas que en tus brazos solo quedan agridulces los recuerdos, las tristezas, soledades y silencios, en la arena que recubre tus naufragios. Pero sé que fuiste niña sobre el viento, enardecida vela blanca sobre un barco, la caricia de las olas con tus manos, y sus líneas, laberintos y senderos. Encendiste las mejillas con tus párpados -¡tántas veces me besaste con tu brisa!-, conmovedora pasión en la armonía de los últimos suspiros de tu canto -esos mismos que me ahogan cuando lloras-. Nada temas de esta ausencia donde habitas, en los labios he prendido el alma limpia y en mis ojos late el fuego de la aurora, dormiremos los dolores y las lágrimas acunados por tu voz y mis palabras.
Afilaré el acero del cuchillo, atildado de púrpura y veneno, para apresar tu corazón de noche. Le daré caza perseguido por mis versos, azuzados por la rabia y el desencuentro. Dará igual que te escondas tras el alba disfrazando de horizonte el sentimiento. Clavaré despacio mi daga, la palabra, retorcida de emociones y lamentos. morirá la aurora y correrá su sangre por tu corazón y por el alma. Serán dos lágrimas desesperadas las que formen un río por venganza, aquellas que tus ojos y los mios derramaron por un amor olvidado, teñido de marchitas ilusiones que sólo fueron aire.
La ausencia que embruja mis horas, hechizos tardíos, dibujos inacabados, mordiscos del aire al viento. No alcanzo mas allá de mis dedos, no puedo ribetear mi vida con rebozos, mi cuerpo es un débil sotabanco, un nevero pálido y vacío. No soy capaz de ceñir mi paso al tiempo, y siento vértigo ante el brocal que palpita resguardando la vida. Acaso pueda definirme negando lo que veo, ripios carlancones varados en mi dársena, gazmoños ilusos de pultáceas órbitas perdidas. No puede definir un charco al mar aun conteniendo los mismos azules. Los mismos azules que asombran todo aquello que contengo. Por eso me niego, me niego entero sin olvidar ni un sentimiento. Quizás así, menguado en podredumbre, el cielo se apiade regalándome algún hábito. Al fin y al cabo, mis lágrimas también le pertenecen.
Qué lejos estás de mí. Aun así siempre vuelvo, y regreso desnudo porque solo soy lo que ves. Siempre te acercas para remover mi interior esperando encontrar un milagro, una joya, o quizás lo invisible. Siempre te marchas, dejándome abierto y sin habla. En el mismo charco, la misma suela. En las mismas hojas, la misma gota. Todo tiene el mismo dolor de aquella puerta. Nunca sabrás con certeza donde nace la fuente de mi fuerza que impulsa al alma a ser sincera. Nunca comprenderás cómo soporto tanta soledad a pesar de mi pánico al silencio. Nunca podrás comprender el lenguaje de mis manos abiertas. ¡Soy tan simple para ti! Tus pensamientos no me rozan siquiera. ¡Vivo tan lejos de tus ideas! El hierro de tu mente me golpea, y siempre duele muy dentro, muy cerca. Entonces te alejas, dejándome encerrado entre tus vientos, como un átomo olvidado entre los sueños. No importa, soy aire que va y viene. Respírame cuando quieras, despréciame cuanto quieras. De alguna forma, sin que lo sepas, he vivido siempre por ti.
De puntillas, muy despacio, guarda todos nuestros sueños, no te dejes ni un suspiro, cálzate las viejas huellas, apaga todos tus vientos, y partamos en silencio, sin despedidas ni esperas.
Si todo está ya escrito, por qué tengo las manos amarradas a un lápiz que se empeña en ser la balsa de un naúfrago en cuartilla siempre anclada.
Si todo está sentido, por qué siempre pretendo a la alborada tejer todos mis sueños con palabras, tapando con los versos cada lágrima.
Si todo está soñado, por qué tu sigues siendo mi mañana, por qué cuando es de noche tu me llamas, por qué tanta poesía enamorada.
Quizás todo lo escrito, lo sentido y lo soñado, ha sido necesario repetirlo para que no olvidemos lo vivido, porque son los motivos tan distintos, porque son tan distantes los momentos, que quiero rescatar mis sentimientos para nunca morir en el olvido.